Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Una mañana, a mediados de agosto, Juana, esperando en el patio la llegada de Lassiter, oyó la detonación de un disparo de rifle. El ruido provenía del bosque de álamos, hacia la parte de los corrales. Escudriñó alarmada, ponderando la significación del disparo. Últimamente habíanse nido varias veces disparos de revólver, tiros hechos desde salvadora distancia por cobardes espías contra Lassiter. Pero un disparo de rifle tenía mayor importancia. ¿Acaso los hombres que querían acorralarla se habían decidido a emplear los rifles para quitarle el único amigo que le quedaba? Era probable…, era muy posible, pues ella no compartía la serena creencia de Lassiter, que afirmó no moriría a manos de un mormón. Juana lo temía desde hacía tiempo. La constancia de él para con ella, su singular dejadez para valerse en su defensa de la fatal destreza que le diera terrible fama, cosas ambas ahora muy evidentes para todos, exponía al jinete a la inevitable muerte por asesinato. Sin embargo, ¡qué gran poder tenía su talismán contra las emboscadas de sus enemigos! «¡No, no —se dijo Juana—, es un talismán, sino un maravilloso entrenamiento de los sentidos, que le advierte siempre el inminente peligro!».
En aquel momento oyó las conocidas pisadas y el ruido de las espuelas de Lassiter, que entró a poco en el patio.