Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Juana, por ahà fuera anda un hombre con un rifle —dijo, y; quitándose el sombrero, mostró la ensangrentada faja qué llevaba en la cabeza a modo de vendaje.
—He oÃdo el disparo; sabÃa que iba por vos. A ver… La herida no es grave, ¿verdad?
—Creo que no. Tal vez no ha disparado desde cerca. Voy a ponerme en este rincón, dónde no pueden verme desde el bosque.
Desató la faja y mostró una extensa y sangrante herida en la sien izquierda.
—No es más que un corte —dijo Juana—. ¡Pero cómo sangra! Apretad la herida con la faja hasta que vuelva. Juana entró en sus habitaciones y regresó con vendas y, mientras limpiaba y vendaba la herida, hablaron.
—Ese hombre tenÃa una buena ocasión para tumbarme. Debió de emocionarse al apretar el gatillo. Cuando me eché al suelo le vi correr por entre los árboles. Llevaba un rifle. Esperaba hace tiempo que apelasen a este procedimiento; ahora habré de ocultarme un poco más. A esos memos parece que les entra frÃo y temblor cuando me apuntan, pero uno de ellos puede acertar por casualidad.
—¿No queréis marcharon…, alejaros de Cottonwoods, como os he rogado tantas veces, antes de que os pase algo? —dijo Juana en tono de súplica.