Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Me parece que no.
—Pero, Lassiter…, vuestra sangre caerá sobre mÃ.
—Escuchadme, bondadosa señorita, mirad vuestras manos, tan blancas y tan finas… ¿No están manchadas de sangre ahora? ¡La sangre de Lassiter! Vaya un extraño capricho, manchar con ellas vuestras bellas manos. Pero si pudierais mirar más hondo encontrarÃais sangre más roja todavÃa… ¡El color del corazón, Juana!
—¡Oh! ¡Amigo mÃo!…
—No, Juana; yo no soy de esos que abandonan el campo en el momento del peligro, como vos tampoco lo hacéis. Este asunto es aún nuevo para mÃ; no conozco bien todos sus movimientos, de lo contrario no me hubiera plantado delante de ese rifle.
—¿No tenéis deseos de cazar al hombre que disparó sobre vos…, encontrarlo…, matarlo?
—Pues no, no siento ese deseo.
—¡Oh, qué maravilla! Lo sabÃa…, he rezado…
—¡Esperad!… ¿No oÃs? —dijo Lassiter—. Oigo un caballo.
El jinete se levantó sin hacer ruido, muy alerta. De pronto se caló el sombrero sobre su vendada cabeza, poniendo las negras pistoleras más al alcance de sus manos, penetró en el cenador.