Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Juana escuchó el débil y rápido ritmo de las pisada de un caballo, que parecÃa venir de la pradera. El ruido, que aumentaba poco a poco, la emocionó inexplicablemente. Después oyóse el chocar de los cascos del animal contra el suelo endurecido del bosque, al salir de la pradera. Inmediatamente reconoció la joven las pisadas del caballo.
—¡Es Camorra…! ¡Es Camorra! —exclamó—. Le conocerÃa entre un millón de caballos. Y, muy conmovida, fijó los ojos en el bosque de álamos, viendo como el corcel gigante cruzaba raudo el llano entraba con recias pisadas en la parte empedrada del corral. Era, en efecto, Camorra; pero con largas y descuidadas crines y ojos salvajes. El caballo movÃase inquieto, indómito, y el jinete lo sujetó, al apearse, con fuerte lazo. Juana se decepcionó al querer reconocer en el jinete a Venters. Algo familiar tenÃa para ella la elevada talla, la anchura de sus poderosos hombros; pero aquel barbudo y desgreñado jinete, que llevaba un traje hecho pedazos botas que se abrÃan por todas partes…, aquel polvoriento, negro y selvático jinete no podÃa ser Venters.
—¡Arre, Camorra, viejo camarada! ¡Quieto!
¡Quieto! Estás en tu casa, hombre, y pronto podrás beber un agua que seguramente recordarás.
En la voz reconoció Juana a Venters. Éste ató a Camorra a un tronco y se dirigió al patio.