Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Oh, Bern!… ¡Qué salvaje estáis hecho! —exclamó la joven.
—Juana, Juana, ¡qué alegrÃa me da veros!… ¡Hola. Lassiter! SÃ, soy yo.
Como una tenaza apretó su dura mano la de Juana, en el apretón advirtió el cambio la joven. HabÃase marchado como un niño y volvÃa hecho un hombre. ParecÃa más alto, más ancho de hombros, más poderoso en todo…
—Miradme cuanto queráis —dijo riendo—. Pero no vale la pena. Por más que ni vos, Juana, ni Lassiter, podéis envaneceros. Vos estáis más pálida que nunca, y Lassiter, según veo, lleva una venda llena de sangre debajo del sombrero. Eso me hace recordar que me han soltado un tiro en la pradera. La detonación hizo correr a Camorra…
—¡Bueno, bueno!; quizá vos tenéis que contar más cosas que yo.
Juana esbozó brevemente las circunstancias de su triste caso, las cosas sucedidas durante las semanas que Venters HabÃa estado ausente, y la joven le vio palidecer de rabia.
—¡Lassiter! ¿Qué os retiene? —exclamó el recién llegado.
En ninguno de los muchos momentos de angustia y temores habÃa visto Juana a Lassiter tan sereno, tan inmóvil e impasible como en aquel instante.