Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Juana suspiró. Acababa de caer sobre ella otra sombra más, para aumentar paulatinamente la oscuridad que había de envolverla. Sintió, al resignarse a su suerte, una dulce melancolía. El muchacho que se fue había vuelto hecho un hombre, más noble y más fuerte, y advertía en él algo tan inflexible como el acero. Más tarde, acaso llegaría el momento en que ella se preguntaría maravillada por qué no se había opuesto al deseo de él; sin embargo, en aquel momento cedió sin protestar. Quería a Venters como antes…, no, más tal vez, pero sus emociones estaban embotadas a causa de la larga y terrible espera del momento en que habría de estallar la tormenta.

Temblando un poco, le tendió la mano, aceptando la situación que las circunstancias imponían. Venters inclinóse, se la besó, la estrechó fuertemente y emitió un sonido que tenía mucho de sollozo. Cuando se irguió, en sus ojos brillaba una lágrima.

—Algunas mujeres tienen un destino muy duro —dijo con voz ronca, y añadió con energía—: A ese Tull le diré en pocas palabras mi opinión cuando le vea.

—¡Bern! ¡No saquéis el arma contra Tull! ¡Eso no debe suceder! ¡Prometed…!

—Os prometo lo siguiente —la interrumpió Venters, con voz austera y apasionada que la emocionó y aterró al mismo tiempo—: Si añadís una palabra más en favor de ese intrigante, lo mataré como a un reptil.


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