Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Juana juntó las manos, maravillada. ¿Era aquel hombre de ojos fieros el mismo que antes fue como de cera en sus manos? ¿Acaso Venters se habÃa convertido en Lassiter y éste en Venters?
—No… diré nada más —balbuceó la joven.
—Juana, Lassiter os llamó ciega una vez —dijo Venters—. Debe de ser verdad. No quiero reconveniros. Pero no me soliviantéis abogando por Tull. Trataré de permanecer sereno cuando le vea. Eso es todo. Ahora deseo pediros otra cosa. La última. He descubierto allá abajo, en el Desfiladero, un valle. Es un lugar maravilloso deseo quedarme en él. Está tan oculto, que creó que nadie lo encontrará. Hay agua en abundancia y buena, hay hierba y caza. Quiero sembrar trigo y criar ganado. Necesito provisiones. ¿Me las daréis?
—SÃ, sÃ. Cuanto más os llevéis, mi complacencia será mayor…, y tal vez tanto menos obtendrán… mis enemigos.
—Venters, creo que encontraréis dificultades para llevaros algo de aquà —observó Lassiter.
—Saldré de noche.
—Acaso no sea lo mejor. Os detendrÃan. Más vale que os vayáis por la mañana temprano, un poco después del alba. Es la hora más segura para transitar por estos contornos.
—Lassiter, va a ser muy difÃcil detenerme a mà —reposo Venters sombrÃamente.