Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Eso creo yo también.
—Bern —dijo Juana—, id primero al alojamiento de mis jinetes y escoged un equipo completo para vos. ¡Tenéis una facha…! Y luego coged todo lo que necesitéis burros, alforjas, frutas secas, carne… También debéis llevaros simientes… Recuerdo ahora cuántas veces habéis pasado hambre. Por favor…, llevaos todo lo que podáis. Yo haré un hatillo para vos, que no habéis de abrir hasta llegar a vuestro valle. ¡Cuánto me gustarÃa verlo! A juzgar por vuestro aspecto y el de Camorra, ha de ser un lugar selvático.
Juana salió al patio exterior y se aproximó al corcel; éste echóse atrás, alzó las orejas y la miró.
—¡Camorra, querido Camorra! —exclamó Juana acariciando su enmarañada crin—. ¡Oh, qué arisco se ha vuelto! Pero me conoce. Bern, ¿corre aún tan velozmente como antes?
—¿Qué si corre? Anoche hizo sesenta millas, y en la oscuridad. Ahora mismo me atreverÃa a reventar con él a Estrella Negra en una carrera de diez millas.
—No podrÃa hacerlo ahora Camorra —protestó Juana—. Ni después de descansar algunos dÃas.
—Creo que llegará el momento en que se verá cuál es el mejor de vuestros caballos —afirmó Lassiter—. Juana, si esa carrera de que os habla se efectúa, quisiera que estuvieseis montada en Camorra.