Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Llegó la noche. La pequeña Fay dormía, pero Juana estaba despierta, sintiendo inexplicable pena por el amigo que se alejó. Oyó el murmullo del viento en las copas de los árboles, el chillar de los ratones en las paredes huecas. La noche era interminable, mas Juana deseaba que no llegara nunca el amanecer. ¿Qué le traería el mañana? La oscuridad de su habitación contrastaba con el tinte gris del alba que penetraba por la ventana. Oyó el piar de los pájaros que se despertaban, e imaginó oír también lejanas pisadas de caballos. Luego sonó, a mucha distancia, la detonación de un disparo de rifle…; después, otra. Juana lo había temido, casi esperaba oírlas y, sin embargo, experimentó una tremenda sacudida, y quedóse fría. Así estuvo durante largo tiempo, sin poder moverse, hasta que, al fin, una voz que sonó debajo de su ventana la hizo reaccionar.
—¡Juana…! ¡Juana! —llamó suavemente Lassiter—. Todo va bien —continuó el jinete—. Venters ha podido escapar. Supuse que habíais oído los disparos y estaba con angustia.
—¿Qué ha sido…? ¿Quién ha disparado?