Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Judkins, no te disgustes. Has hecho más que nadie. Hace tiempo que esperaba esto. No es, pues, ninguna sorpresa para mÃ. Te estoy muy agradecida por tus servicios.
—Señorita Withersteen, ya me figuraba que lo tomarÃais asÃ, valientemente; pero por eso mismo resulta más difÃcil traer estas nuevas. ¡Quisiera uno hacer tanto por vos…! Pero no hemos podido evitarlo. El ganado estaba inquieto todo este tiempo a causa de los mil ardides de que se han valido para asustarlo. Los animales enflaquecÃan; calculad lo que eso significa en esta época de hierba fresca y agua abundante. Estaban siempre agitados, apenas dormÃan, y, por último, no ha sido un ardid cualquiera lo que les ha hecho desbandarse, sino una nube de polvo natural que se levantó de pronto.
Todos mis jinetes, bravos muchachos, han expuesto la vida para salvar el hatajo, y tres de ellos la han perdido. Los hemos encontrado triturados por miles de pezuñas. Poco quedó de ellos para traerlo acá y enterrarlo. Todo eso sucedió ayer, señorita, y si los animales no se han precipitado en el Desfiladero, creo que aún seguirán corriendo.