Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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—No. Lassiter —repuso Juana con tristeza y en voz baja—; si no me encontráis aquí, olvidad a la desgraciada mujer cuyo ciego y egoísta engaño pagasteis con amor y bondad.

La joven oyó un juramento y luego el tintineo de las espuelas de Lassiter al marcharse.

Juana empezó sus tareas de cada día con tristes presentimientos. Las nubes negras, las sombras, el húmedo viento del Oeste, todo presagiaba desastre. Blake se presentó sin su alegría acostumbrada y Jerd tenía aspecto de estar disgustado y cansado. Cuando apareció Judkins, su caballo venía cojeando, y se apeó quejándose de calambres en las piernas. Juana advirtió en la aturdida expresión de su rostro que una gran calamidad había sucedido.

—Señorita Withersteen, vengo a traeros una mala nueva… Se ha perdido el hatajo blanco —dijo Judkins roncamente.

—Ven, siéntate; estás rendido, por lo que veo —repuso Juana, solícita. Acto seguido le trajo brandy y comida. Mientras el vaquero comía y bebía, no le dirigió pregunta alguna.

—Nadie…, ningún jinete… hubiese podido hacer más, señorita —dijo Judkins a poco.


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