Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Por la mañana del segundo dÃa después de la llegada de Judkins (durante este tiempo permaneció Juana dentro de su casa, presa del dolor por los desgraciados muchachos que perecieron en su servicio, y temerosa de lo que podrÃa sucederle a ella misma), oyó de nuevo lo que habÃa echado de menos más de lo que se atrevÃa a confesarse a sà misma: el suave y tintineante paso de Lassiter. Inmediatamente sintió un gran alivio, una sensación de alegrÃa que se compaginaba mal con las tristes horas que atravesaba, y que la aturdió porque se dio cuenta de lo mucho que Lassiter significaba para ella. Le habÃa rogado que se alejase de Cottonwoods por él mismo, y quizá volverÃa a hacer lo propio si el poco valor que le restaba era suficiente para arrostrar el desamparo y la soledad; pero se dio ahora claramente cuenta de que, si la dejaba sola, su vida se convertirÃa en una larga y horrible pesadilla.
—¿Habéis podido seguir a Venters? ¿Encontrasteis aquel valle maravilloso? —le preguntó ávidamente.
—SÃ, y a fe que es un lugar como no hay otro.
—¿Está seguro all�
—Eso es lo que me está preocupando. Yo seguà su pista, y una parte de ella es lo más difÃcil que he visto en mi vida. Acaso haya en esta región algún ladrón de ganado u otro rastreador que sea tan hábil como yo. Si es asÃ, Venters no está seguro en aquel sitio.