Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Contadme algo de él y de su maravilloso valle.
Con gran sorpresa de Juana, Lassiter mostróse reacio a hablar más de su excursión. Parecía muy fatigado, y además singularmente pensativo y triste. La joven atribuyó su cansancio a las ciento veinte millas que había recorrido en tres días, y su tristeza, a la desaparición del hatajo blanco y la precaria situación de ella como resultado de tantos desastres.
Pasaron varios días sin que sucediera nada de particular, y Juana volvió a sentir renacer su esperanza; hasta se atrevió a pasearse con la pequeña Fay por el bosque de álamos.
Una mañana alejóse hasta llegar a la linde de la pradera, que no había visto desde el comienzo de las lluvias y dónde ahora florecía la roja artemisa. Estuvo largo rato contemplando el hermoso espectáculo de la pradera en flor, viendo como el viento mecía las plantas. De pronto, una nube ocultó el sol, echando su sombra sobre la ondulada ladera.
Entonces, llena de tristes presagios, regresó a su casa, y apenas había penetrado en el corral cuando vio a Lassiter correr apresuradamente a su encuentro. Una mirada al rostro de su amigo la preparó para recibir el golpe.
Sin pronunciar palabra, Lassiter la condujo hacia la eminencia del terreno dónde se hallaban los establos.