Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Aquella misma tarde empezó a trabajar. Sólo una cosa impidióle comenzar acertadamente la tarea, aunque sin disminuir en nada su alegría, y era que, dada la multiplicidad de los trabajos proyectados para convertir el valle en un paraíso, no sabía qué convendría hacer primero. Había dado en la costumbre de pasar de una ensoñación agradable a otra, como una abeja va de flor en flor, y descubrió que el hábito de la divagación extendíase a su trabajo. Sin embargo, dio principio a la labor.

Desde el primer momento vio que Bess era, en algunos sentidos, una buena ayuda y, en otros, un gran estorbo. Su alegría era estímulo e inspiración para él, mas carecía de disposición práctica y pasaba de un plan a otro con asombrosas vacilaciones. Además, Venters creyó advertir que la joven se volvía cada vez más adorable; notó que era más fácil contemplarla y escuchar su alegre charla que trabajar. De aquí que le diera tareas que la obligasen a ir con frecuencia a la cueva dónde habían guardado las provisiones.

En ocasión de una de estas idas, y hallándose Venters a regular distancia del campamento, oyó de pronto un fuerte grito y el ladrido de sus perros.


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