Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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El joven se irguió asombrado, jamás pensó que Bess pudiera correr peligro. Seguramente habría visto una víbora o algún gato montés, aunque nunca se asustaba de ningún animal; además, el que los perros ladrasen era de mal agüero. Venters dejó su trabajo y corrió velozmente hacia el campamento; al trasponer un grupo de tiemblos, vio en él a un hombre. El joven se maldijo por haber dejado las armas estúpidamente en la cueva, y ya se precipitaba hacia ella para cogerlas cuando reconoció en el extraño a su amigo Lassiter. Dejó de correr y trató de hacer advertir su presencia, mas la sorpresa que experimentaba atóle la lengua; cuando llegó al campamento vio que Lassiter contemplaba el pálido rostro de la pobre Bess. Los perros estaban quietos porque habían reconocido al jinete.

—¡Hola, Venters! He venido a haceros una visita —dijo Lassiter lentamente—. Y estoy un poco asombrado al ver que tenéis aquí a… un joven amigo.

Una mirada había bastado al jinete para descubrir el verdadero sexo de Bess, y por primera vez perdió la serenidad y la calma. Miró a Bess hasta que el blanco rostro de la joven cubrióse de carmín.

—¡Cielos, Lassiter!… —dijo jadeante Venters—. ¡En nombre de… de… todo lo maravilloso…! ¿Cómo habéis llegado hasta aquí?


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