Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Pues rastreando. Nosotros…, yo quise saber si, en efecto, estabais en un lugar seguro, y seguà vuestra pista.
—¿Qué habéis seguido mi pista? —exclamo Venters.
—Eso es, y ¡cuidado si fue difĂcil al llegar a aquellas rocas lisas! TardĂ© un dĂa en descubrir que subisteis por aquellos pequeños escalones. El resto ha sido fácil.
—¿Dónde está vuestro caballo? Supongo que lo habréis escondido…
—Lo dejé atado a uno de aquellos extraños cedros que hay en la parte superior de la pendiente. No se le puede ver desde el valle.
—Menos mal. ¡Bueno, bueno! Estoy completamente aturdido. CreĂ que nadie podrĂa seguir mis huellas.
—No es fácil, pero si hay en este paĂs otro rastreador tan bueno como yo, sabrá hallaros igualmente.
—¡Malo, malo! Ya no estarĂ© tranquilo. Pero, en fin, Lassiter, ya que estáis aquĂ, no puedo menos de expresar mi alegrĂa al veros… Mi compañero no es un muchacho, sino una señorita… Bess, os presento a un amigo mĂo. Me salvĂł una vez la vida.