Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Venters observó que el jinete mostraba un interés creciente por la joven. No le dirigÃa ninguna pregunta; sólo, la contemplaba cuando ella hallábase ocupada y no podÃa ver que era objeto de su atención. ParecÃale a Venters que Lassiter estaba cada vez más absorto observando a Bess, y que su habitual frialdad convertÃase en, extraña y cariñosa simpatÃa. Luego se levantó de pronto, y anunció que se veÃa obligado a partir temprano. Despidióse de Bess con palabras afectuosas y voz un poco quebrada, volviéndose apresuradamente. Venters le acompañó, y llegaron al puente de piedra sin haber hablado. Allà Lassiter puso la mano en el hombro de Venters y le clavó la mirada de sus penetrantes y grises ojos.
—¡Lassiter, no me fue posible decir nada a Juana! No tuve valor —exclamó el joven adivinando el pensamiento de su amigo—. Quise hacerlo, pero no pude. Ella no lo comprenderÃa y bastantes sinsabores tiene ya… ¡Amo a esa joven que habéis visto!
—Venters, estoy un poco asombrado, ¿a qué negarlo?… Y eso que he presenciado cosas muy extrañas en mi vida. ¿Quién es esa muchacha?
—No lo sé.
—¿Qué no lo sabéis? ¿Qué es, entonces?
—Tampoco lo sé. Es el caso más fantástico que se puede contar. Os lo referiré, es preciso, pero estoy seguro de que no me vais a creer.