Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Las mujeres siempre han sido un enigma para mÃ. Pero, a pesar de todo, si esa muchacha no es una niña, o tan inocente como una niña, no soy digno de hablar de la virtud o de la bondad de ninguna persona. ¿Vais a respetarla?
—SÃ, y que Dios sea testigo de mi afirmación.
—Asà lo creo. Acaso he hecho mal en preguntároslo, pero ¡por los clavos de Cristo!, esa joven es una mujer hecha y derecha, aunque no tenga muchos años, y es más dulce que la artemisa de la pradera.
—Lo sé, Lassiter, lo sé. Y mi mayor tortura consiste en que, a pesar de su aparente inocencia y de su encanto…, esa joven no es lo que parece, pero…
—La verdad, yo no quisiera… No, no puedo creer que mintáis, Venters —dijo el jinete—, pero…
—Es más, ella era el Jinete Enmascarado de Oldring.
Aunque Venters contaba con el asombro qué su afirmación iba a producir a su amigo, nunca hubiera supuesto la tremenda impresión que le causo. Durante un instante se quedó sorprendido al ver al jinete como atontado; más luego, el anhelo que sentÃa por franquearse con él, para contarle la maravillosa historia, excluyó cualquier otro pensamiento.
—Contadme eso, muchacho —rogó Lassiter, a poco, sentándose sobre una piedra y secándose el sudor de la frente.