Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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—¡Pardiez! Pues sí que sois nervioso —repuso Lassiter—. Yo siempre he tenido grandes deseos de hacer rodar las piedras. Ya de niño hacía rodar las que encontraba, y, a medida que iba creciendo me atrevía con piedras de mayor tamaño. ¿Verdad que es curioso? Aun ahora me apeo muchas veces del caballo para tirar una piedra grande por el borde de algún precipicio y escuchar el estruendo que produce al caer. ¡Me está tentando esta roca! ¡De buena gana le daba un empujón! ¡Qué espectáculo verla rodar y escuchar el ruido infernal que su caída produciría!

—No os lo aconsejo, porque cerraríais para siempre la salida de este valle —observó Venters—. Y ahora, adiós, Lassiter. Guardadme el secreto y no me olvidéis. Os recomiendo mucho cuidado al atravesar la hondonada. La madriguera de los bandidos está a tres millas de distancia solamente. Ahora que habéis logrado descubrir mi refugio, ya no podré estar tranquilo.

Al volver Venters hacia el campamento, emocionado aún por el relato de sus aventuras, se iba serenando poco a poco, y ponderó la inseguridad de su estancia en el valle. Lo que Lassiter había hecho podría hacerlo otro rastreador hábil. Y si bien entre los jinetes de la pradera no conocía a ninguno capaz de ello, no era desatinado presumir que entre los hombres de Oldring hubiese alguno que igualase a Lassiter. Cuanto más pensaba en tal posibilidad, más se turbaba.


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