Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Pasó otro dÃa, durante el cual el joven trabajó menos aún y se entregó más a sus cavilaciones, vigilando secretamente a Bess. Ésta mostrábase cada vez mas taciturna y pensativa y, por fin, Venters se decidió a hablar para despejar la situación.
—Bess, ¿qué os pasa? —preguntó.
—Nada —respondió ella desviando la vista.
Venters la cogió por los hombros y la obligó a mirarle a los ojos.
—Mirándome asà no podéis mentirme —dijo—. Decidme: ¿qué os pasa? Estáis ocultándome algo. Bueno, pues yo también tengo un secreto y quiero revelároslo.
—¡Pues sÃ, tengo un secreto! Anhelaba decÃroslo cuando volvisteis; por eso me mostré tan alocada, porque me divertÃa poderos hacer una revelación. Mas cuando vino Lassiter se me ocurrió una idea y entonces cambié de opinión; ya no me parecÃa bien revelaros el secreto.
—¿Vais a decÃrmelo ahora?
—SÃ… sÃ. Ya he estado a punto de hablar. Ayer quise decÃroslo, pero os mostrabais tan frÃo, que me dio miedo. No hubiera podido guardarlo mucho tiempo más.
—Bueno, misteriosa señora, contadme vuestro maravilloso secreto.