Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —No, no os riáis —replicó ella animándose un poco—. En menos de un segundo puedo hacer que dejéis de reÃr.
—¡Acepto el reto!
Bess se fue corriendo a la cueva y volvió a poco llevando un bulto que debÃa ser muy pesado. Cuando se aproximó, Venters se dio cuenta de que aquélla a que Bess daba tanta importancia estaba envuelto en la faja negra que tan bien recordaba, y eso contribuyó a aumentar más su curiosidad.
—¿Tenéis idea de lo que hice durante vuestra ausencia?
—Me imagino que estarÃais intranquila, paseando y mirando hacia la entrada del valle —replicó Venters sonriendo.
—Os equivocáis. Trabajé. ¡Mirad mis manos!
Se dejó caer de rodillas junto al sitio dónde Venters estaba sentado y, dejando el paquete cuidadosamente en el suelo, le mostró las manos. Las palmas y la parte inferior de los dedos estaban blancas y rugosas.
—¡Ah, vamos! ¡Habéis estado jugando con el agua! ¿No es eso?
—¿Jugando? ¡Mirad! —Con hábiles dedos desató la faja y descubrió al reluciente sol un rutilante montón de oro.
—¡Oro! —exclamó Venters, aturdido.