Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja En aquel instante fulgÃan los últimos rayos del sol antes de ceder al crepúsculo. Para Venters, el panorama que estaba contemplando era, en más de un sentido, semejante a la perspectiva de su futuro, y con ojos ávidos escudriñó la purpúrea belleza del desierto de artemisa. En él se hallaba lo desconocido y el peligro. Aquel maravilloso panorama dábale a Venters la impresión de una selvática, austera y poderosa manifestación de la Naturaleza. Y lo mismo que le recordaba en cierto modo la perspectiva de su vida, también vio de pronto en la grandiosa escena una semejanza con la mujer que tenÃa a su lado; sólo que en ella la belleza y el peligro eran aún mayores. Representaba Juana un misterio más insoluble, algo inefable que le oprimió el corazón y nubló sus ojos.
—¡Mirad! ¡Un jinete! —exclamó Juana rompiendo el silencio—. ¿Será Lassiter?
Venters miró de nuevo al oeste. Vióse un momento la silueta de un jinete en un otero, y desapareció al punto en el confuso mar de la artemisa.
—Acaso lo sea, pero no lo creo. Ese jinete viene hacia aquÃ. Seguramente se tratará de uno de los vuestros. SÃ, ahora lo veo claramente. Y por allà viene otro.
—SÃ. También lo veo yo.