Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Qué endemoniado eres! —exclamó, atrayéndolo poco a poco—. ¿Es que no me conoces? ¡Vamos, ven!… AsÃ…, asÃ…
Camorra cedió a la presión del lazo y, luego, a la fuerte mano de Venters. Dejóse ensillar y embridar, pero se mostró en extremo sensitivo, temblando al menor ruido y contacto. El joven lo llevó, cogido de la brida, al bosque, y le abrió paso para que saliese al cañón. Una rápida ojeada le dio la seguridad de que, como siempre, no habÃa nadie en aquel barranco. Luego montó y se encaminó hacia el Sur.
Corriendo a medio galope, Camorra ganaba rápidamente terreno. Su paso era casi el doble del de un caballo ordinario, y su resistencia era igualmente notable. Sin embargo, teniendo el jinete muchos motivos ahora para no fatigar demasiado al caballo, no cabalgó con la acostumbrada velocidad. Al llegar al último manantial del Desfiladero se apeó para pasar allà la noche. Calculaba que le faltaban unas cincuenta millas para llegar a Cottonwoods, y no tenÃa prisa.