Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Jud, me apuesto algo a que lo hará —replicó gravemente Venters—. Acuérdate de lo que te digo. Ese Lassiter es algo más que un mero gunman, Jud; Lassiter es grande, lo presiento. Que Dios tenga piedad de Tull y de Dyer cuando él los busque. No les salvarán ni caballos, ni vigilantes, ni siquiera los pétreos muros.
—Bueno, como quieras, Bern. ¡Ojalá tengas razón! Naturalmente, uno se disgusta al ver a Lassiter tan blando. Algo debe de haber en él cuando paraliza a las gentes. Sin ir más lejos, esta misma mañana le vi bajar por el prado lenta y calmosamente. Y, como sus grandes revólveres, él siempre va de negro… el destino negro, ése es Lassiter. Bueno, pues las gentes no se atrevieron ni a pestañear, y me juego el caballo que a más de uno le dio un vuelco el corazón. Se fue a la taberna de Snell, y luego yo entré allà también. ¿Me creerás si te digo que Lassiter estaba allà bebiendo y hablando como si tal cosa nada menos que con Oldring?
—¿Oldring? —murmuró Venters, colérico, al oÃr el nombre fatal.