Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Suéltame el brazo! —exclamó Judkins—. Es el de la herida y aún me duele. Claro que era Oldring. ¿Qué diablos te pasa, vamos a ver? Venters, te digo que tú no estás bien. ¡Si estás más blanco que la pared! Y tú no puedes tener miedo a ese bandido, porque creo que a ti nada puede ya asustarte. Bueno, ahora déjame explicar, ¿quieres? Ya sabes que me gusta charlar y que, si me cÃan tiempo, me hago entender. Como iba diciendo, Lassiter estaba hablando amistosamente con Oldring. Eso se veÃa. Y los de su banda no prestaban ninguna atención. Como un gato que está vigilando a un ratoncillo, los observé a los dos. Me resultaba muy extraña aquella conversación. Para un hombre que, como yo, no sabe gran cosa, he cavilado mucho en estos últimos tiempos. Ha habido aquà recientemente bastantes sucesos raros, pero aquél era el más extraño de todos para mÃ. Al principio, Oldring pareció muy sorprendido, y Lassiter estaba más fresco que un carámbano. Hablaron y, a poco, a causa de algo que dijo el jinete, Oldring soltó un juramento y, luego, se apoyó en el mostrador, y hubiera caÃdo de no sostenerlo Lassiter. Los de su banda lo vieron y se echaron a reÃr. Por fin, Oldring se serenó, y era fácil ver que algo le habÃa conmovido. SÃ, Bern, ese gran bandido (ya le conoces y sabes que es casi un gigante y que tiene uña fuerza tremenda) se mostró flojo durante un momento. A poco, empezó a hablar rápidamente, contando no sé qué a Lassiter, y no tardé en observar que le tocó a éste el turno de emocionarse. Hasta entonces no le habÃa visto sino sereno y frÃo siempre. ParecÃa más conmovido que Oldring, sólo que no hizo tantos aspavientos. Con la cabeza baja miraba fijamente a un punto, pero estoy seguro que no veÃa nada. Luego, hizo un esfuerzo y, después de estrecharle la mano…, ¡fÃjate, estrechar la mano a Oldring!, salió. No pude menos de pensar cuán fácil hubiera sido tumbar allà mismo al gran gunman… Bueno, el bandido se quedó durante largo tiempo apoyado en el mostrador, y también tenÃa la mirada perdida. Después pidió whisky a grandes gritos, y se tragó un vaso tan grande que podrÃa yo ahogarme en él.