Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¿Está aquà aún… Oldring? —murmuró Venters. No podÃa elevar la voz; sólo pensaba en su odio; el relato de Judkins nada significó para él.
—SÃ, aún está en la taberna de Snell; Bern, todavÃa no te he dicho que los bandidos han armado una marimorena. Entraron a tiro limpio en Stonebridge y en Glaze, y durante tres dÃas estuvieron bebiendo y jugando, tirando el oro a manos llenas. Tienen el oro a montones. Si hubiese sido oro en polvo o en pepitas, la cosa me hubiera dado qué pensar; pero no, lo que gastaban con tanto derroche eran monedas de oro acuñadas en la casa de la moneda de los Estados Unidos, y no se trataba de moneda falsa, porque se comprobó eso. La verdad es que Oldring está nervioso, descompuesto. No hace mucho perdió a su jinete Enmascarado, y dicen que aún le dura el furor. Yo me pregunto si Lassiter le habrá dicho algo acerca de ese endiablado jinete con el rostro encubierto. ¡Cómo montaba a caballo! Era tan buen jinete como Jerry Card. Se me ocurre que tal vez tú…
—Mira, Jud, eres un buen muchacho —le interrumpió Venters—. Algún dÃa te contaré una cosa. Ahora no tengo tiempo. Llévale tú los caballos a Juana.
Judkins se le quedó mirando fijamente y, luego, renegando, montó a caballo y volvió a mirarle sin saber qué pensar. Después se marchó, seguido de los otros dos caballos.