Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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La noticia de la presencia de Oldring en el pueblo había desconcertado a Venters. No se daba cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Maquinalmente ocultó el rifle entre unos arbustos y marcó el sitio para reconocerlo. Luego se dirigió hacia el pueblo. Frías e intangibles eran todas las cosas que veía y oía. Más fría y más tensa notó la piel de su cara; más frías y más duras notó las pulidas culatas de sus revólveres; más frías y más firmes eran sus manos cuando se quitaba el pegajoso sudor de la cara o cuando las bajaba hacia las pistoleras. El grupo que había frente al almacén de Belvin se deshizo como por encanto; todos huyeron, pero él no los vio huir. Dobló una esquina para hallarse otra vez frente a Tull. Y como ya otra vez había visto palidecer a aquel hombre con una palidez mortal, ahora advirtió de nuevo el cambio. Tull se detuvo, con la mano alzada, temblando como un azogado. De pronto pareció deslizarse, desaparecer de la vista de Venters. Luego vio el joven muchos caballos y oyó grandes voces y risotadas, el chocar de los dados sobre las mesas, el tintineo del oro: estaba ante la taberna dónde se divertían los bandidos. Entró.

Al ver el local lleno de humo y a los hombres de tostados rostros bebiendo, jugando y renegando, Venters volvió a la realidad.


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