Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Su entrada había pasado inadvertida. Lentamente giró la vista en tornó suyo, y, por fin, vio entre los jugadores la gran cabeza de enmarañada y negra cabellera del jefe de los bandidos.

—¡Oldring! —gritó Venters con voz estentórea. Todo quedó silencioso.

De pronto, el silencio fue interrumpido por la caída de la silla de Oldring al levantarse éste súbitamente, y, al avanzar, reinó de nuevo el silencio más profundo.

—¡Oldring, un momento! —continuó Venters.

—¡Oh! ¿Qué es esto? —bramó la voz del bandido frunciendo las cejas.

—¡Salid afuera, solo! Tengo que deciros algo… de vuestro Jinete Enmascarado.

Oldring apartó de un puntapié una silla y avanzó con recias pisadas que hacían retumbar el suelo. Con un ademán acalló a sus hombres, que iban a levantarse.

Venters salió reculando por la puerta y aguardó. A poco apareció Oldring, y Venters pudo contemplar durante un momento la enorme humanidad de aquel hombre, con su cinturón de hebilla de oro, del que pendían dos grandes pistolas, y con sus botas altas provistas de áureas espuelas. Al ver la enorme vitalidad de aquel individuo, sus negros ojos llenos de fuego, el joven sintió una indecible y fiera alegría, porque la muerte iba a aniquilarlo en un instante.


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