Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Entre tanto, habÃase hecho de noche. El débil claror en la parte oeste habÃa desaparecido, y en el Sur apareció la primera estrella, mientras la pradera yacÃa envuelta en profundas tinieblas. El ruido de los caballos habÃa cesado, y el silencio sólo era interrumpido de vez en cuando por el débil crujir de la hojarasca al impulso de la suave brisa nocturna.
De pronto, la paz y la calma de la noche fue rota por el estridente aullido de un coyote, y desde lejos llegó la débil respuesta de su pareja.
—Ya están ladrando los perros de la pradera —dijo Venters.
—No me gusta oÃrlos —contestó Juana—. A veces, por las noches, cuando no puedo dormir, escucho sus aullidos, ya fieros, ya como un gemido, y entonces pienso en vos y recuerdo que dormÃs en la pradera, Dios sabe dónde, y siento miedo.
—Juana, no hay música más dulce que el aullido de los coyotes, ni cama mejor que el suelo de la pradera.