Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Del caos de tan encontradas emociones surgió una clara interrogación. ¿Qué había ocurrido? Habíase alejado del valle para ir a Cottonwoods. ¿Por qué? Parecía que hubiese ido tan sólo para matar a un hombre…, a Oldring. Tal era el nombre del único individuo que, inconscientemente, había deseado hallar y… lo había encontrado. Todo lo demás desaparecía al lado de este hecho. Recordaba claramente la taberna llena de humo, los hombres de rostros tostados por el sol, la enorme figura de Oldring. Le vio salir por la puerta: un espléndido ejemplar de virilidad, un hermoso gigante. Recordó sus ojos de halcón, de mirada inquisitiva. Se oyó decir a sí mismo: «Oldring, Bess vive. Pero está muerta para vos». Y sintió erguirse y estallar en sus oídos el trueno de un disparo, y vio como el gigante caía lentamente de rodillas. ¿Pero era aquella extraña mirada de los negros ojos sólo la última chispa de vida? Un murmullo quebrado, extraño como la muerte: «Hombre…, ¿por qué… no… esperasteis…? Bess fue…», y Oldring cayó muerto.