Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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A la mañana siguiente, cuando penetró en el valle, lo vio de nuevo inundado por el sol, cuyos rayos daban sobre él atravesando el ojo del enorme puente de piedra. El Valle de la Sorpresa parecíale más que nunca un lugar de soberana belleza.

Desde lejos distinguió a Bess bajo los abetos del campamento y, a poco, los ladridos de los perros advirtiéronle que le habían visto. Oyó cantar a los sinsontes en los árboles, y a las codornices. Ring y Blanca acudieron raudos, y detrás de los perros venía Bess con los brazos abiertos para recibir al amado.

—¡Bern! ¡Qué feliz soy al volver a verte! —exclamó, llena de júbilo.

—Sí, Bess, ya estoy otra vez aquí.

Iba ella a abrazarle cuando, de pronto, la expresión de su rostro la contuvo y rápidamente desapareció su alegría, tornándose lívida; temblando, dijo:

—¡Oh! ¿Qué ha sucedido?

—Muchas cosas, Bess; pero no te hace falta saberlas. Estoy cansado. Cansado de cuerpo y de alma.

—¡Con qué ojos tan extraños me miras! —balbuceo la muchacha.

—No te importe. Estoy bien y no hay nada de que tengas que asustarte. Las cosas van a suceder tal como las hemos proyectado. En cuanto descanse, saldremos de este país. Pero necesito saber ahora mismo la verdad sobre ti.


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