Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¿Cómo puedes afirmarlo con esa tranquilidad? —exclamó Venters con vehemencia—. ¿Es que no tienes el sentido de…? —No pudo seguir; el dolor y la pasión le embargaban. Cogió a Bess con sus fuertes y rudas manos y la atrajo hacia sÃ, mirando fijamente sus azules ojos. En ellos habÃa la sombra que ya otras veces notara, mas eran lÃmpidos como las aguas de un manantial. Su mirada era grave, serena, llena de fe, amor y abnegación. Venters estremecióse. Dábase cuenta de que veÃa el alma de la joven, sabÃa que en aquel instante no podÃa mentir, pero el que ella pudiese decir la verdad mirándole con aquellos ojos destruyó casi su fe en la pureza.
—¿Qué fuiste… para Oldring? —preguntó, sin aliento.
—Soy su hija —repuso ella al instante.
Venters separóse lentamente de Bess, anonadado, muerta la llama de su pasión.
—¿Qué… has… dicho? —preguntó, maravillado.
—Que soy su hija.
—¿La hija de Oldring? —inquirió Venters sintiendo que volvÃa a la vida.
—SÃ.
—¿Todo ese tiempo… has sido la hija de Oldring?