Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —SÃ, naturalmente; siempre lo he sido, y lo soy.
—Pero, Bess, tú me dijiste…, me hiciste suponer… Yo creà que tú… estabas avergonzada…
—Ésa es mi vergüenza —contestó ella, con rubor en las mejillas—. Te dije que yo no era nadie…, que era solamente la chica de Oldring.
—Cierto…, ahora recuerdo. Pero nunca me figuré… —Venters prosiguió con voz ronca—: Aquel dÃa, cuando te herÃ, dijiste algo… Llegué a creer que habÃas sido mala.
—¿Mala? —interrumpió ella con una risita.
Mirábale con la candidez, con la inocencia de una niña. Venters se quedó con la boca abierta de asombro al comprender la gran verdad. ¡No entendÃa la intención dada a la palabra!
—¡Bess, mi querida Bess! —exclamó abrazándola y ocultando sus ojos en su pecho, porque no querÃa que le viese el rostro.