Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Y así la tuvo, mientras miraba el valle sin verlo. En la dorada luz de la mañana sólo veía a Oldring. Ella era la hija del bandido. Oldring la había amado. La había guardado tanto, habíala mantenido tan alejada de mujeres y de hombres y del conocimiento de la vida, que su mente era aún la de una niña. Esto era una parte del secreto, del misterio. Aquélla era la maravillosa verdad. No sólo no era mala, sino que era buena, pura, inocente como ninguna mujer, porque era la suya la inocencia de la juventud solitaria.
Y tornó a ver los espléndidos ojos de Oldring, su mirada inquisitiva; los vio expresar el asombro, la alegría, el amor y, luego, la terrible lucha con la muerte para decir la verdad. Oyó el murmullo de la voz de Oldring y lo vio tambalearse y caer. Después creyó oír miles de detonaciones, sintió remordimientos… ¡Había matado al padre de Bess! De pronto advirtió un extraño rumor: sonaba en sus oídos el gemido del viento en los riscos, un tañido… ¡el tañido fúnebre de Oldring!
Cayó de rodillas, escondió su rostro contra Bess y se asió a sus manos como un náufrago.
—¡Dios mío…! ¡Dios mío…! Bess…, perdóname. No te importe lo que haya hecho…, lo que haya pensado… ¡perdóname! Te dedicaré mi vida, viviré para ti, te querré eternamente.