Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Venters esperó hasta que el débil sonido de una puerta que se cierra indicóle que Juana había entrado en su casa. Luego, cogiendo su rifle, se deslizó silenciosamente por la maleza, otero abajo, por entre los árboles, hacia la linde del bosque. El color gris del cielo tornábase poco a poco azul; el firmamento aparecía cuajado de estrellas, cuya luz despejaba la sombra; de la ancha y ondulada llanura que se extendía ante él venía un viento fresco lleno de fragancia de artemisa. Venters avanzó por la linde del bosque en dirección al Oeste. Cerca ya del final se detuvo, porque había oído algo. El ruido de golpes regulares y amortiguados le indicó que pronto pasarían por aquel lugar algunos caballos. Se echó al suelo, escondiéndose entre la maleza, y aguarda. Mucho antes de lo que esperaba, a juzgar por el ruido, vio, asombrado, que muy cerca del lugar dónde se hallaba pasaban algunos jinetes. Venters comprendió al instante que los cascos de los animales habían sido envueltos en trapos para amortiguar el ruido de sus pisadas. La débil luz de las estrellas no permitió distinguir claramente a los jinetes. Sin embargo, los ojos de Venters estaban acostumbrados a la oscuridad y, aguzando la vista, pudo reconocer el enorme cuerpo y el rostro de negras barbas de Oldring y la figura esbelta y flexible del lugarteniente del bandido, un jinete enmascarado. Pasaron pronto, desapareciendo en las tinieblas. Luego, más afuera, en la pradera, pasó un compacto grupo de jinetes, casi sin hacer ruido, como si fuesen fantasmas, y, a poco, también éstos desaparecieron en la oscuridad.


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