Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Esto fue hace catorce años. Presencié la llegada de la mayoría de los mormones que se establecieron en Utah. Era por aquel entonces una región muy salvaje, como era también ruda la época. Cabalgué de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de rancho en rancho. Nunca me detenía mucho tiempo en ningún sitio, y siempre me impulsaba la misma idea. Así pasaron cuatro años, llegando a conocer todos los caminos, veredas y sendas del norte de Utab, y así continué la busca, envejeciendo poco a poco, pero siempre convencido de que lograría mi propósito. Nunca perdí enteramente la pista, aunque durante años fue la más vaga seguida por hombre alguno.

»Después cambió la suerte. En el centro de Utah cogí por fin a Hurd, le murmuré algo al oído y observé su rostro. Luego le pegué un tiro y le vi morir con los labios sellados. Slack y Metzger oyeron aquel año la misma pregunta y tampoco quisieron hablar al morir. Yo sabía hacía tiempo que ningún hombre de su clase o de su religión o lo que sea revela un secreto, y sólo podía guiarme desde entonces por la expresión del miedo que revelasen los rostros de los hombres que tenían algo que ver con la suerte de mi hermana. Y en el transcurso de los años, de un modo u otro, los he ido encontrando a todos.



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