Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Me hacéis amaros. ¿Cómo podré no quereros? HabrÃa de ser mi corazón de piedra. Pero, Lassiter…, esperad. ¡Dadme tiempo! No soy ya la que era. Antes me era fácil amar. Ahora me es fácil odiar. ¡Esperad! Mi fe en Dios… en el que sea… aún persiste. Y en mi fe veo tiempos más dichosos para vos, pobre caminante vengador. Para mÃ…, yo soy una mujer desposeÃda, mÃsera. Amé a vuestra hermana Milly. Os amaré a vos también. No puedo haber caÃdo tan bajo… Dios no me habrá abandonado tanto que no pueda daros algo de amor. ¡Esperad! Olvidemos la triste vida de Milly. ¡Ah, yo la conozco como nadie en el mundo! Hay una cosa que os diré cuando me muera, si es que estáis presente, pero ahora no puedo hablar.
—Nada más deseo saber, Juana.
Ella se apoyó en su hombro y lloró. Lassiter la sostuvo guardando silencio. Serenábase ella poco a poco cuando de pronto, un sobresalto del jinete la alarmó.
—He oÃdo caballos…, caballos con los cascos envueltos en trapos —dijo, y se levantó con cuidado.
—¿Dónde está Fay? —preguntó Juana mirando en torno suyo sin ver a la pequeña, que poco antes corrÃa aún cerca de aquel lugar.
—¡Fay! ¡Fay! —llamó la joven, cada vez más angustiada. Asustábala el silencio.