Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Pálido, rÃgido como una estatua, estaba el jinete, no como quien escucha o busca, sino como quien está seguro de saber lo que ha pasado. De pronto asió a Juana con mano férrea y la llevó hacia el lugar dónde la niña jugaba poco antes.
—Fijaos… Fay jugaba aquÃ… aún se ven las piedras con que ha formado cÃrculos y casas —dijo Lassiter con voz estridente, señalando al suelo—. Aquà hay enterrado go…, algún saltamontes… Aquà ha ido detrás de un lagarto…, fijaos en la débil huella del animal… Aquà ha arrancado corteza del álamo… Mirad en el polvo del sendero… las letras que le habéis enseñado… Mirad, una cruz. ¡Oh Juana, esta cruz es vuestra!
Y siguió arrastrando a Juana pendiente abajo, leyendo en las huellas de los pasos de la pequeña Fay como en un libro, hasta que al fin llegaron a un sitio dónde estaban las señales de los diminutos pies y se advertÃan las de un hombre cuya pista se perdÃa en la pradera.