Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Lassiter soltó a Juana y se dirigió como ebrio, dando un grito terrible, a la mesa sobre la cual tenÃa su equipo de jinete. Empezó a buscar algo en sus alforjas; sonaron ruidos metálicos, entrechocar de cartuchos…, sus dedos temblaron al llenar de balas una segunda canana. Mas cuando se la puso sobre la que llevaba usualmente, sus manos eran firmes y seguras. La segunda canana contenÃa también dos revólveres más pequeños que los negros, y se los puso a la parte de atrás para que su chaqueta los ocultase. Luego obró rápidamente. Juana mirábale fascinada, pero sin comprender, y le vio ensillar a Estrella Negra y a Africano. Después se dirigió a ella y la llevó hacia la luz del amplio ventanal.
—SÃ, Juana, todo acabó —dijo—, pero no iréis vos a ver a Dyer… ¡Iré yo!
Al mirarle, al ver su aspecto terrible, la joven no le reconoció. ¿Quién era aquel hombre de faz cadavérica, con aquellos ojos tan terribles y aquellos labios tan crueles?
¿Dónde estaba el amable Lassiter? ¿Qué halo frÃo y aterrador le circundaba?
—SÃ, Juana, todo acabó —dijo otra vez, con voz calmosa pero implacable—. Voy a hacer una visita. Entre tanto, os encerraré aquÃ. Cuando vuelva, quiero que las alforjas estén llenas de carne y de pan. ¡Y estad preparada para montar a caballo!