Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Los lÃvidos labios de Lassiter decÃan con palabras sin sonido que ni el amor de ella podrÃa torcer su voluntad. Y como si Juana no tuviera en sus brazos más fuerzas que una niña, el jinete desasióse de ella y se apartó.
—¡Esperad! ¡No os vayáis! ¡Oh, escuchadme aún…! ¡Qué un Dios más piadoso y más justo que el que me enseñaron a adorar me perdone y me salve! No puedo ya guardar silencio… Lassiter, al suplicar por Dyer, lo hago, más que por él, por mi padre. Mi padre fue un jefe mormón, Ãntimo de los grandes de nuestra Iglesia. Fue mi padre quien envió a Dyer a buscar prosélitos. Mi padre era aquel gigante de ojos azules y barba dorada. La pista del hombre que descubristeis años ha fue la de mi padre. Es verdad que Dyer causó la ruina de Milly Erne, la sacó de su casa, la trajo a Utah, a Cottonwoods… Pero fue para mi padre. Si Milly Erne tuvo un esposo mormón, fue él. Nunca supe…, nunca sabré si fue o no su mujer. Puedo estar ciega. Lassiter…, puedo ser fanáticamente fiel a una religión falsa…, pero reconozco lo que es justo… y mi padre está fuera del poder de la justicia humana. Seguramente está ya recibiendo en algún lugar el merecido castigo. Siempre me ha aterrado el que vos pudieseis matar a Dyer por los pecados de mi padre. Por eso rezaba…, por eso os suplicaba…