Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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—Juana, el pasado está muerto… Amándoos, lo he olvidado. Lo que estoy a punto de hacer no lo hago ni por mí, ni por Milly, ni por Fay. No lo hago por lo que ha sucedido, sino por lo que está sucediendo…, por vos…; y escuchadme: desde mi infancia jamás me he dirigido a Dios para darle las gracias por algo. Si hay un Dios (y he llegado a creer que lo hay), le agradezco ahora los años que hicieron de mí un Lassiter. Ahora puedo bajar la mano a esos grandes revólveres y saber que con ellos soy un hombre. Juana, sólo uno de esos milagros en que Dyer dice creer puede salvarle.

El cerebro de Juana Withersteen nublóse otra vez y, al sumergirse en un caos sin fin, le pareció caer a los pies de una figura luminosa… de un hombre…, de Lassiter…, que la había salvado de sí misma; de un hombre, a quien no se podía cambiar, que mataría como justiciero. Y luego la envolvieron totalmente las tinieblas.

Cuando salió de su desmayo dióse cuenta de que estaba echada sobre un canapé, cerca de la ventana, en su gabinete. Alguien le sostenía las manos. Era Judkins, y en su rostro enjuto y duro leyó una gran agitación.

—¡Judkins! —Su voz era débil.

—Perfectamente, señorita, ya habéis recobrado los sentidos. Permaneced muy quietecita un poco más. Estáis ya píen, todo marcha bien…

—¿Dónde está él?


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