Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¿Quién?
—Lassiter.
—No os preocupéis.
—¿Dónde está? ¡DÃmelo al instante!
—Bueno, pues está en el cuarto de aquà al lado, curándose unas heridas insignificantes.
—¡Ah!… ¡El obispo Dyer…!
—Cuando le vi la última vez…, hace cosa de media hora, estaba de rodillas, muy ocupado; pero no oraba.
—¡Qué extraño modo de hablar tienes! Me sentaré, va me encuentro bien. ¡Cuéntamelo todo! ¡Dyer de rodillas! ¿Qué hacÃa?
—Bueno, señorita, perdonad mi modo de hablar. Dyer estaba de rodillas y no oraba. ¿Recordáis sus grandes manazas? SÃ, las habéis visto muchas veces levantadas bendiciendo a viejos canosos y a niñas de pelo rizado…, como Fay Larkin. Y, ahora que pienso, no recuerdo haberle visto nunca bendecir a una mujer. Bien, pues, como iba diciendo…, cuando le vi…, hace muy poco de esto…, estaba de rodillas y no oraba… se apretaba con sus grandes manazas unas heridas más grandes todavÃa.
—¡Hombre, habla, que me vuelves loca con tu calma! ¿Mató Lassiter a Dyer?
—SÃ.
—¿Mató a Tull?
—No.