Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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»Y luego vi a Dyer mirar sus grandes manos, que no eran bastante grandes para aquel último trabajo en que las quería emplear. Y miró a Lassiter; luego se quedó con la vista clavada en algo que no era Lassiter, ni nadie allí presente, ni la sala, ni las ramas de la artemisa roja que asomaban por la ventana. Fuera lo que fuese lo que veían sus ojos tenían la mirada del hombre que descubre algo demasiado tarde. ¡Fue una mirada terrible!… Y, con un grito horripilante, cayó de bruces contra el suelo.

Judkins se detuvo en su relato, respirando fuertemente mientras se quitaba el sudor del rostro.

—Eso es todo —concluyó—. Lassiter salió de allí y yo me apresure a darle alcance.

Sangraba de tres heridas de bala, pero poco importantes. Y hemos venido directamente aquí. Os halle desmayada en el vestíbulo y me costó trabajo reanimaros.

Juana Withersteen no dedicó ninguna oración al alma de Dyer.

Oyóse el paso de Lassiter en el vestíbulo…, el ruido suave, tintineante que le era tan familiar, y la escuchó con una emoción nueva, mezcla de temor y de alegría. Abrióse la puerta y vio al Lassiter de antes, tranquilo, sereno, gallardo, aunque no era exactamente el mismo. Juana se levantó y sus ojos se nublaron.

—¿Os encontráis… bien? —preguntó trémula.


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