Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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—No lo dudéis.

—Lassiter, me iré con vos. Ocultadme hasta que haya pasado el peligro…, hasta que nos hayan olvidado… Luego, llevadme dónde queráis. Vuestra gente será la mía; vuestro Dios, mi Dios.

Lassiter le besó la mano con la extraña gracia y cortesía que en raros momentos solía revelar.

—Estrella Negra y Africano nos esperan —dijo con sencillez.

La mención de sus negros corceles fue un acicate para Juana. Se apresuró a ir a su cuarto, dónde se puso un traje de montar; hizo un paquete con sus joyas, el oro que le quedaba y todas las prendas femeninas que pudiesen caber en las alforjas y luego regresó al vestíbulo.

—Judkins —dijo al fiel jinete—, te regalo a Campanilla; espero que siempre lo cuidarás bien y serás bueno con él.

Judkins murmuró unas palabras de gratitud; la emoción le embargaba y turbáronse sus ojos.

Lassiter fijó las alforjas de Juana sobre Estrella Negra y llevó los corceles al patio.

—Judkins, vos iréis con Juana a la pradera. Si veis venir a alguien, gritad dos veces en rápida sucesión. Y Juana, ¡no miréis atrás! Pronto os alcanzaré. Llegaremos a la entrada del Desfiladero antes de medianoche y aguardaremos que sea de día para descender.


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