Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Entraron en la garganta y Venters cerró la puerta del cercado de sauces. De la sonrosada luz de la mañana pasaron a la fresca oscuridad. Las pisadas de los burros resonaban huecas. Abríase la garganta al llegar a la divisoria, y la oscuridad cedió a la luz grisácea, junto a la Roca Movediza se detuvieron nuevamente y Venters escudriñó en todas direcciones por si hubiese algo anormal. Nada advirtió, sin embargo.

Los perros rompieron la marcha en el descenso; siguióles Bess llevando de la brida al burro, y luego Venters con el suyo. Bess miraba al suelo; Venters, en cambio, sentía el irresistible deseo de volverse para contemplar la Roca Movediza. Ésta siempre le había producido espanto, y ahora se preguntaba si realmente lograrían salir de allí sin que se derrumbase. Le parecía un milagro. Constantemente cedía al extraño temor y volvíase para asegurarse de que la roca seguía en su sitio. Y, a medida que iba descendiendo, el peñasco se esfumaba, cambiaba de forma, balanceábase, se inclinaba y, finalmente, su loca imaginación le hizo ver que la piedra se deslizaba de su pedestal, rodando, mas sin caer del todo, tal como lo había visto en sueños.

Y mientras sufría así por el terror que le inspiraba la Roca Movediza, terminaron el descenso sin incidente alguno.


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