Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Montaron en los burros y atravesaron la enorme hondonada con dirección al Oeste. De vez en cuando, Venters se apeaba, llevando al animal por la brida. Cuando hubieron traspuesto todos los cañones que desembocaban en aquel valle, continuaron el camino con más rapidez y sin detenerse. Venters no dijo a Bess que en uno de los cañones, a cosa de una milla de distancia, había visto caballos y humo de una hoguera. No quería alarmarla, limitándose a guardar silencio y a estar más alerta que nunca. Cuando llegaron a la mella del primer cañón ya era de noche, y la luz de las estrellas les sirvió para prepararse a pasar la noche allí. Ataron los dos burros cerca del manantial para que no huyesen. Bess, muy cansada, se tumbó en el suelo, apoyó la cabeza en la silla de montar y se durmió, rodeada de los dos perros. Venters no cerró los ojos. Contemplaba las estrellas, las sombras de la noche, la blanca faz de la muchacha… Recordó cuán pálida e inmóvil la viera en aquel mismo sitio, también a la luz estelar… Y de nuevo su imaginación le hizo ver peligros que no existían. ¿La perdería, al fin? ¿Sería inútil todo su amor y su trabajo? ¿Qué significaban las oscuras sombras que veía a su lado? ¿Estaría la desgracia acechando en la pradera? ¿Por qué su corazón sentía la angustia de un temor indefinible? Abrumábale el silencio, y con anhelo aguardó que la luz del día le quitara el peso de sus temores.