Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Despertó a Bess al primer claror del alba y ensilló a los animales. Deseaba salir del Desfiladero antes de que ningún jinete pudiera tener tiempo de bajar a él. Llegaron a la grieta por dónde se subía a la pradera, cuando los primeros rayos del sol naciente tocaban el borde superior del cañón.
Y era tal su deseo de pisar el liso terreno de la altiplanicie, que no mandó a los perros ir delante. Dando orden a Bess de que se diera prisa, empezó a subir el empinado sendero.
Cuando traspuso por fin el borde, contempló absorto la gloriosa ladera inundada de sol y cuajada de roja artemisa. Bess se colocó a su lado, jadeante, tirando de la brida del burro.
—¡Ya hemos llegado! —exclamó Venters alegremente—. No hay un alma en la pradera. Estamos a salvo. Nadie nos verá. ¡Ah, amada mía…!
Ring gruñó y husmeó el aire. Venters cogió el rifle. Blanca se equivocaba a veces, pero Ring jamás. Y, cuando oyó pisadas de caballo, fue tal su sorpresa que no tuvo fuerzas para volverse y ver por dónde venía el peligro. Sus ojos se dilataron cuando, a poco, vio surgir de entre la artemisa a Lassiter llevando a Estrella Negra y a Africano de las bridas, y, a su lado, a Juana Withersteen, con traje de montar.