Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Durante un momento, el joven no logró dominar su emoción. Serenóse en parte, cuando Lassiter se detuvo sonriendo y Juana, muy asombrada, hizo lo mismo.
—¡Caramba, Bern! —exclamó Juana—. ¡Cuánta alegrÃa siento al volveros a ver! Ya estalló la tormenta… Estoy arruinada… Como veis, huÃmos de allÃ. Pero…, creà que estabais solo.
Venters, consternado, no sabÃa qué decir ni qué hacer. SeguÃa mirando a Juana fijamente.
—¿Dónde vais, amigo Venters? —preguntó Lassiter.
—Aquel sitio no es seguro… Yo, nosotros… vamos a salir de Utah…, vamos al Este —pudo articular, haciendo un gran esfuerzo.
—Creo que este encuentro es la cosa más feliz que ha podido sucederos… a vos, a Juana y a Bess —dijo Lassiter con tranquilidad.
—¡Bess! —exclamó Juana, sonrojándose.
Venters no lograba ver en aquel encuentro nada que significase suerte para él.
Juana Withersteen contempló con ojos de mujer el semblante lleno de rubor de Bess, su esbelta y graciosa figura…
—¡Venters! ¿Es una muchacha…, una mujer? —preguntó después, con voz aguda.
—SÃ.