Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Acaso lo soñé… SĂ, Bess, estos dos caballos son formidables… ¡Cuánto ha debido de costarle a Juana…! Bueno, cuando salgamos de estas regiones selváticas y lleguemos a mi casa de Illinois, compraremos una hermosa hacienda con grandes prados y manantiales y parajes sembrados. AllĂ los soltaremos a los dos para que corran libres, para que ramoneen y beban…, para que nunca más sientan el cruento acicate de las espuelas…, para no montarlos más.
—¡Cuánto me gustarĂa! —afirmĂł Bess.
DespuĂ©s de descansar breves momentos continuaron la huĂda cabalgando juntos por la blanca senda. El sol ascendĂa tras ellos. Lejos, a la izquierda, una mancha de verdor marcaba el sitio dĂłnde se hallaba Cottonwoods. Venters mirĂł un momento nada más. Bess no desviĂł la mirada del camino que tenĂa delante. A veces dejaban correr a los caballos al galope; luego, al trote; a veces, al paso. Transcurrieron las horas, desaparecieron las millas y por fin vieron enfrente el muro roqueño. Era el barranco un paso áspero y pedregoso, pero de suelo llano y senda abierta, que Bess y Venters traspusieron a la carrera. En la parte derecha, siguiendo la pared, habĂa un sendero poco usado, el indicado por Lassiter, sin duda, dĂjose Venters.