Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —He pensado en eso. Nos llevaremos muchas cuerdas y, si está cerrada la entrada, escalaremos los riscos y bajaremos al valle valiéndonos de escalas de cuerda. Es posible hacerlo conociendo el sitio como lo conozco yo.
—¡Oh, sÃ, sÃ, volvamos algún dÃa!
—Es una dulce perspectiva poder pensar en volver allÃ. Es como nuestro destino…, Bess.
—Llámame Isabel —dijo la joven tÃmidamente.
—Isabel Erne. El nombre es bonito. Pero nunca podré olvidar el de Bess. ¿Sabes que…, has pensado que muy pronto…, mañana a estas horas…, serás Isabel Venters?
Y hablando asà de un porvenir risueño, continuaron el camino hasta que el sol empezó a ponerse. El reflejo de un charco de agua en una pequeña hondonada advirtió a Venters la necesidad del descanso. Apeáronse, desensillaron los caballos y los dejaron beber y ramonear a su gusto. Cuando se alejaron, por fin, de la hondonada, el sol estaba ya muy bajo y el valle parecÃa velado por purpúrea neblina. Era aquél el breve momento en que el sol semejaba detenerse antes de desaparecer y un profundo silencio pesaba sobre el mundo de la rutilante pradera.
Contemplaron la puesta de sol hasta que el Ãgneo disco desapareció por completo tras el oscuro horizonte.